Crítica: El lago de los Cisnes del St. Petersburgo Festival Ballet en Madrid

Elegancia. Es la primera palabra que se me viene a la mente para describir la puesta en escena de la más que archiconocida y bellísima composición de Tchaikovsky “El Lago de los Cisnes” interpretada por el St. Petesburgo Festival Ballet.

No es nada fácil representar una obra tantas veces interpretada y conseguir enamorar al público.

Particularmente, he visto tres versiones de compañias profesionales y amateur y he de decir que esta de hoy ha sido la primera que no me ha resultado interminable. Si, no ha sido interminable. Al contrario, las casi dos horas de la actuación me han dejado con ganas de más. En un tiempo en que todo caduca rapido, en el que devoramos todo lo que nos entra por los sentidos a una velocidad que supera la propia vida de los acontecimientos. En un tiempo en el que parece que lo clásico, lo refinado, lo imperecedero, no se lleva, no está de moda. En este tiempo postmoderno, es una delicia encontrar la limpieza estética, la técnica depurada y la armonía del St. Petesburgo Festival Ballet. Sin efectos especiales, sin juegos de luces ni de efectos musicales. La belleza de movimientos estilizados de una potencia palpable pero desarrollada con una sutileza que por momentos pareciera de ficción. Pero es real, bailarines perfectamente entrenados para mantener vivo hoy el espíritu de los grandes autores.

La versión representada este fin de semana en Madrid consigue contar de forma clara el libretto de una obra tan universal y tantas veces representada como el Lago de los Cisnes, tarea nada sencilla. Por mi parte es la primera vez que he entendido la historia a través de los movimientos de los bailarines más allá de esa idea popular que todos tenemos de cisne bueno y cisne malo. Una vez más Chaikowosky ha enamorado a una compañía de danza para contar el eterno mensaje de la lucha entre el bien y el mal. Y cómo no podía ser de otra forma, la versión absolutamente clásica del St. Petesburgo Festival Ballet opta por el final original representado por vez primera en 1877. El triunfo del bien sin más vueltas ni adornos, ni más ni menos.

Una crítica de Carmen Sánchez.

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